EL PRIMER PASO - Dromómanos
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EL PRIMER PASO

Alejandra y Patxi

El primer día de trabajo llegamos a una casa amarilla con un portón blanco. Afuera se reunía una docena de personas. Dentro, la policía buscaba pistas. En el patio, había una bicicleta y una chancla rosa; en el medio, un charco de sangre. Alan, nuestro amigo fotógrafo, caminaba por todos lados con la cámara en la mano. Un médico forense estudiaba el charco de sangre, salpicado por unos puntitos blancos.

— Creo que Alan acaba de pisar un pedazo de cerebro, —le dije a Patxi.

Alan levantó su enorme zapato —es un tipo de casi dos metros— y siguió tomando fotos. Una chica, de blusa amarilla, lloraba porque nunca había visto un asesinato. En la escena del crimen estaban los habituales: los curiosos que toman fotos con su celular; los indiferentes, que siguen su vida; los policías que preguntan a los testigos; los familiares, sorprendidos, esperando volver al pasado. Y entre todos ellos, nosotros nos reíamos porque Alan había pisado los pedazos de cerebro de un chico de 21 años.  Fue espontáneo. Nos salió una risa vergonzosa. No era nuestra intención imitar el humor negro que los policías de homicidios desarrollan con los años. Quizás fue un mecanismo de defensa, una forma de evasión momentánea. Fue el primer muerto de nuestro viaje. Se llamaba Sergio Vicente Goulard.

Llegamos en enero a Río de Janeiro, una de nuestras ciudades favoritas, con su bosque frondoso, sus playas kilométricas, nuestros amigos. Veníamos del invierno del hemisferio norte al verano del hemisferio sur. Nos íbamos a ir tan pálidos como llegamos. Una semana después de aterrizar,  ya habíamos pedido prestados dos chalecos antibalas y estábamos en la Baixada Fluminense, el Río más feo y alejado de las postales. Fue el primer paso de un proyecto sobre homicidio.

Queremos entender por qué en América Latina se mata más que en cualquier otra parte del mundo. Por qué cada 15 minutos alguien es asesinado.  Por qué en Brasil, Venezuela, Colombia, El Salvador, Honduras, Guatemala y México se concentran un tercio de los homicidios en todo el mundo. Esta es la ruta que vamos a seguir el resto del año.

Llamamos En Malos Pasos a nuestro proyecto porque cuando alguien es asesinado se suele decir que esa persona «andaba en malos pasos» para explicar su muerte. Es una respuesta simplista a un fenómeno complejo. En el asesinato hay un sinfín de prejuicios que queremos romper con esta investigación. Hablaremos con los protagonistas de estos números de guerra: los que mueren, los que matan, los que sobreviven,  los que luchan. Porque todos queremos que se mate menos.

En este camino no estamos solos.  En Malos Pasos es parte de la campaña Instinto de Vida, en la que participan 26 organizaciones de la sociedad civil en los siete países más peligrosos de América Latina. Es un esfuerzo conjunto para reducir el 50 % de los homicidios en los próximos 10 años.

Una semanas después de nuestro primer día de trabajo regresamos a la Baixada Fluminense. Hablamos con Luciene Silva, una madre que había perdido a su hijo en una matanza perpetrada por la policía hace 12 años. Fueron asesinadas 29 personas.  Nos contaba que antes de que esa tragedia ocurriera, ella vivía en una zona de confort. Veía las noticias, conocía a madres de hijos que habían muerto asesinados, sabía que su barrio era peligroso, pero pensaba que su familia estaba segura. No le debía nada a nadie.  Después cambió de parecer: «Eso no pasa solo allá, puede pasar aquí o en cualquier lugar».

Nosotros hemos salido de nuestra zona de confort. Tú también nos puedes acompañar en nuestros malos pasos. Únete a la comunidad y conversemos juntos sobre nuestra violencia.

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