¿Quién dijo miedo?
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¿Quién dijo miedo?

*Foto: Vista de la zona norte Río de Janeiro desde el morro de Adeus, en el complexo de Alemão.

Mis personas cercanas suelen pensar una de estas dos cosas: que vivo de lujo porque paso gran parte del tiempo viajando o que me pueden matar en cualquier momento porque casi siempre viajo a lugares a los que nadie va de vacaciones. Luego está mi hermana, que dependiendo del día piensa una cosa, la otra, o las dos a la vez. Las personas que no me conocen, cuando se enteran de que investigo temas de violencia, lo primero que preguntan es si no tengo miedo y después suelen admirar mi supuesta valentía. Río de Janeiro quizá sea la mejor ciudad para entender que nada de lo anterior es cierto.

Es difícil pensar que no me doy la gran vida cuando Ale sube a alguna red social (yo soy un ermitaño digital) una foto de las vistas de la casa de Gustavo, el amigo que nos hospeda en el barrio de Santa Teresa, o de un atardecer en Arpoador. La imagen denota tanto placer que no puedo criticar a esos que me dicen: ¡Cómo vives! Pero lo que no se ve es que probablemente esa foto se sacó después de que, por ejemplo, la noche anterior estuviéramos a las cinco de la mañana en el Complexo de Maré buscando un contacto mientras se celebraba la fiesta de cumpleaños del hijo de uno de los líderes del tráfico de esa favela.

No es una queja, porque para mí viajar son las dos cosas. Río es una ciudad con una geografía del miedo muy marcada. En muchos casos, la pobreza y la violencia está ante nuestros ojos, no alejada en una periferia a kilómetros de lo que los cariocas llaman para inglés ver, esa belleza radiante que oculta la miseria. Hay muchos ejemplos, pero el que más se nombra es el de Rocinha, la mayor favela de Brasil, enclavada entre Gavia y Leblon, dos de las zonas más exclusivas de la ciudad. Si yo no cruzara estas fronteras impuestas por el miedo sentiría un vacío en mi viaje, porque Río es lo uno y lo otro, y tanto la favela como el asfalto habla de quiénes somos.

Esto no quiere decir que sea valiente. Soy consciente de que lo que hago conlleva un cierto riesgo, pero a los que me preguntan si tengo miedo les respondo, porque así lo siento, que me preocupa más la seguridad de mis fuentes y de los periodistas locales que me ayudan (y en mi caso, que trabajo con mi mujer, también la de Ale). Al fin y al cabo, yo entro y salgo: los que permanecen son los que se suelen convertir en víctimas. Lo que soy es curioso. Si mis miedos (que existen) me paralizaran, creo que me perdería demasiadas cosas y más que viajar para entender realidades desconocidas haría un turismo de postal.

Estas explicaciones, que son las que doy en persona, suelen estar destinadas al fracaso porque medimos nuestras percepciones según nuestras experiencias. Después de varios años viajando y cubriendo la violencia, respeto el miedo de los demás, pero a mí lo que me interesa es saber qué hay detrás de ese miedo. Cruzar fronteras físicas, emocionales e imaginarias es la mejor manera que he encontrado para descubrirlo.

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