Un whisky, por favor - Dromómanos
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Un whisky, por favor

En Venezuela, por muchos años, se bebió whisky.  En el pueblo más pobre, el borracho local tomaba Old Parr.   Aunque el país ha sido siempre productor de ron, el whisky era su bebida nacional.  No había ningún otro país que importara más este trago.  El whisky reflejaba el bienestar económico de la nación con mayor renta petrolera. Y mostraba su lógica rentista: todo era importable. No había desabasto. El whisky era tan omnipresente que los venezolanos dicen que ellos inventaron el gesto de mover el hielo con el dedo.

Cada vez que llegamos a un país, nos adaptamos a la bebida local, ya sea aguardiente, pisco o cachaça y la primera vez que fuimos a Venezuela, bebimos whisky.

Un día quedamos con una fuente en el bar del Altamira Suites, un lujoso hotel en una zona de clase media alta.  Era un escocés que trabajaba en un servicio de inteligencia internacional y que investigaba las relaciones del Ejército con el narcotráfico. Hablamos tres horas mientras él se bajaba copas de whisky como si fuera agua y nosotros comíamos pizza. Cuando llegó la hora de pagar, no teníamos efectivo y tuvimos que usar la tarjeta y por tanto, el cambio oficial.  Pagamos unos 200 dólares, casi cinco veces más de lo que habría sido con el cambio del mercado negro.

Cuando regresamos, cinco años después, el whisky había pasado de ser el trago nacional a un lujo inaccesible debido a la crisis económica traducida en una  inflación por encima del 700 % y un desabasto de alimentos y medicinas nunca antes visto. Si bien se puede encontrar la bebida escocesa, pocas ganan dan de pagarla.  Así que ahora se toma ron, un producto contra cíclico en la economía venezolana. Cuando las cosas van mal, el ron se vende a montones.

Volvimos al Altamira Suites, pero esta vez, aquellos no afines al ron como nosotros tomaban cocuy, un licor autóctono que sale de una planta similar al agave.  A raíz de la crisis, Venezuela miraba de nuevo su producción local y el cocuy era una especie de mezcal que durante años había sido ignorado y ahora resurgía como una alternativa.  No sabía bien, pero tampoco sabía mal. Era un jarabe medio dulce, no muy placentero, que nos dejó una resaca monumental.  Lo bebimos solo y en margaritas. Era barato y era alcohol. Costaba menos de un dólar en el bar más caro de Caracas.

En tiempos de crisis, uno toma lo que sea.

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